

Mientras en las redes sociales el gobernador Gustavo Melella afirma que “defender la soberanía cada día es nuestro mayor compromiso”, la realidad reciente de su gestión muestra una contradicción imposible de pasar por alto; su propio gobierno autorizó la instalación de un radar militar de origen inglés en Tierra del Fuego, un hecho que vulnera de manera directa la soberania, la seguridad estratégica de la provincia y del país.
La soberanía no se declama: se ejerce con decisiones coherentes, especialmente cuando se gobierna la porción más austral del territorio argentino, a escasos kilómetros de una base militar extranjera que opera en las Islas Malvinas y que mantiene un despliegue permanente en el Atlántico Sur, bajo una ocupacion ilegitima.
El radar no era un simple equipamiento civil. Las advertencias formuladas por especialistas, técnicos y referentes de la defensa nacional fueron claras: se trataba de tecnología británica con capacidad de monitoreo estratégico y capacidad militar, instalada en una provincia que continúa siendo parte de un territorio en disputa con el Reino Unido.


¿Cómo se explica que la misma administración que avaló ese procedimiento hable hoy de defender la soberanía con solemnidad? ¿Cómo conciliar los discursos patrióticos con las decisiones que ponen en riesgo la integridad del territorio fueguino y la seguridad nacional?
Celebrar el Día de la Soberanía Argentina exige un mínimo de coherencia y de integridad moral. No se trata solo de publicar frases emotivas en redes sociales, sino de cuidar con absoluta responsabilidad los recursos estratégicos, las fronteras, las comunicaciones, la infraestructura y cada decisión que incide en la presencia argentina en el extremo sur del continente.
Tierra del Fuego es una provincia con una carga histórica profunda, marcada por la disputa por Malvinas, Georgias y Sandwich del Sur. Es, además, una región clave para la defensa nacional y para la proyección argentina sobre el Atlántico Sur y la Antártida. No es un territorio para improvisar ni para cometer errores que favorecen, directa o indirectamente, intereses extranjeros.
Hoy más que nunca, la soberanía no puede ser una palabra vacía. No puede ser un slogan de ocasión ni un mensaje oportunista en redes sociales. La soberanía debe ser un ejercicio diario de firmeza, responsabilidad y visión estratégica.
Porque si la defensa del territorio depende de discursos y no de decisiones, entonces la soberanía que se celebra es solo una ilusión.


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