

El escenario electoral peruano de 2026 confirma una característica que distingue a este país del resto de América Latina: la alta volatilidad del voto en la última semana de campaña. El elector peruano promedio, particularmente en los segmentos NSE C, D y E, toma su decisión final en los últimos tres a cinco días antes de la jornada electoral. Esta dinámica convierte cualquier evento de alto impacto mediático o viral en un catalizador capaz de redirigir entre cinco y ocho puntos porcentuales en cuestión de horas, fenómeno que ningún modelo cuantitativo basado en encuestas tradicionales puede anticipar con precisión dado el rezago de cuatro a siete días que existe entre el trabajo de campo y la publicación de resultados.
Un factor determinante en esta elección ha sido lo que puede denominarse la activación de la memoria colectiva electoral. Ricardo Belmont representa el caso más ilustrativo: candidato con altísimo reconocimiento de nombre y rostro en Lima popular — producto de dos gestiones como alcalde metropolitano en la década de los noventa — su intención de voto permaneció reprimida durante meses porque el votante no lo consideraba una opción viable hasta que un evento catalizador lo reactivó. Este voto dormido de reconocimiento no es capturado por las encuestas tempranas precisamente porque el
ciudadano no lo verbaliza ante el encuestador hasta que percibe que el candidato tiene posibilidades reales.
El mecanismo de amplificación fue el debate presidencial tardío, potenciado por la viralización en redes sociales y plataformas de mensajería.


Lo ocurrido con Belmont replica, de forma más concentrada y tardía, el mismo fenómeno que protagonizó Carlos Álvarez semanas antes: un momento memorable en el debate o una frase que circula masivamente en TikTok o WhatsApp es suficiente para activar al votante con intención flotante.
Finalmente, la fragmentación extrema del campo electoral — con 35 candidatos en contienda y ninguno superando el 15% — actuó como caldo de cultivo para estas irrupciones tardías. Con un umbral de entrada al top 3 de apenas ocho a diez puntos, cualquier candidato con reconocimiento previo y un catalizador específico puede irrumpir en los primeros lugares. En una elección con un candidato dominante al 35%, ese movimiento sería estructuralmente imposible.
Keiko Fujimori (Fuerza Popular) consolida el primer lugar con 14.1% de intención de voto emitido y 16.7% en voto válido, manteniéndose como la candidata con mayor respaldo nacional sostenido a lo largo de toda la campaña. Su base electoral en Lima, norte y oriente del país le garantiza una ventaja consistente sobre el resto del campo.
Roberto Sánchez (Juntos por el Perú) se posiciona como la gran sorpresa de la recta final, alcanzando el segundo lugar con 10.2% de votos emitidos y 12.1% en votos válidos. Su crecimiento explosivo desde enero — cuando apenas marcaba 0.6% — refleja una transferencia significativa del voto izquierda-rural del sur y centro del país, segmento históricamente subestimado por las encuestadoras tradicionales.
Ricardo Belmont (Cívico Obras) protagoniza el fenómeno más inesperado de esta campaña con 8.5%, irrumpiendo en el tercer lugar en los últimos días. Su alto reconocimiento histórico como ex alcalde de Lima activó un voto dormido que ningún modelo cuantitativo pudo anticipar con precisión, capitalizando el desencanto ciudadano en la recta final.
Rafael López Aliaga (Renovación Popular) cierra en cuarto lugar con 8.3%, registrando una caída sostenida desde que lideraba en enero y febrero. El debate presidencial y el surgimiento de candidatos alternativos erosionaron progresivamente su base electoral, especialmente en Lima donde concentraba su mayor fortaleza.
Carlos Álvarez (País para Todos) alcanza el quinto lugar con 8.2%, en empate técnico con López Aliaga dentro del margen de error. Su ascenso fue el más acelerado del campo tras los debates del JNE, capitalizando un discurso de mano dura en seguridad ciudadana que resonó especialmente en sectores urbanos.
En el resto del campo, Alfonso López Chau (Ahora Nación) obtiene 6.5% con base en el sur del país, Jorge Nieto (Partido del Buen Gobierno) alcanza 5.4% consolidando un electorado de centro, y César Acuña (Alianza para el Progreso) cierra con 2.8%, muy por debajo de las expectativas iniciales de su campaña. El blanco y viciado representa un significativo 15.9% del electorado, reflejo del profundo desencanto ciudadano con la clase política peruana.
Elaborado por Sensor SRL · Trabajo de campo: 11 de abril de 2026 · Muestra: 1,200 hogares · Margen de error: ±2.8%


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