

En la Casa Rosada ya no disimulan el pánico. La ilusión de Javier Milei de conquistar la Provincia de Buenos Aires se desinfla como promesa electoral rota. En la Tercera Sección, el bastión peronista, la diferencia que le sacan es tan amplia que ni la cadena de excusas ni las fotos apuradas en La Matanza logran tapar la realidad. El “León” parece cada vez más un gato asustado, intentando maquillar su imagen de presidente cruel y agresivo.
Mientras Milei reparte pactos y claudicaciones con gobernadores como quien reparte estampitas, queda claro que el proyecto libertario no tiene fuerza propia ni en su propia tierra. Se abrazó al PRO de Jorge Macri y Rogelio Frigerio, entregando poder sin chistar. Selló un “pacto de no agresión” con Claudio Poggi en San Luis, y se rindió a los brazos del radicalismo dócil de Leandro Zdero (Chaco) y Alfredo Cornejo (Mendoza).


Pero la gran batalla está en la provincia más importante del país, y ahí el panorama es sombrío para el oficialismo. Las encuestas más amigas, como Giacobbe & Asociados, lo muestran apenas dos puntos arriba, en el filo del margen de error. Otras, como ARESCO y Poliarquía, repiten el empate técnico. Traducido: Milei no arrasa en ningún lado, y en Buenos Aires ya siente el aliento caliente del peronismo en la nuca.
El Gobierno soñaba con usar la victoria bonaerense como trampolín para imponer su reforma laboral y la impositiva, pero hoy ese sueño se parece más a una pesadilla electoral. La imagen de un Milei debilitado, rodeado de acuerdos a la baja y sin territorio firme, marca el pulso de un Gobierno que empezó a perder lo único que no podía permitirse: el optimismo.






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