París enfrenta la devastación tras una noche de saqueos y violencia

La capital francesa se despierta sumida en la desolación y la destrucción tras una noche marcada por el pillaje y la violencia. Los negocios y comercios han sido severamente afectados, dejando a sus propietarios en un estado de impotencia y desolación.
Mundo18/10/2026PoloSurPoloSur

La mañana siguiente a los disturbios en París revela una ciudad devastada. Los vándalos, conocidos como casseurs, cesaron sus robos con la salida del sol, dejando tras de sí un panorama de destrucción. Los dueños de los comercios comenzaron a llegar a sus locales, enfrentándose a la cruda realidad de los daños ocasionados por los saqueos y los incendios. La noche se recordará como una de las más violentas en la historia reciente de Francia, y el día se inicia con un ambiente de desazón, marcado por el sonido de sirenas y patrulleros que no lograron llegar a tiempo para contener la situación.

En el Faubourg St. Antoine, una zona emblemática cercana a la Bastilla, la boutique Orange fue completamente arrasada y reducida a cenizas. Aún se encuentran bomberos en el lugar, pero no queda nada en pie. Los vándalos se llevaron teléfonos celulares, tabletas y computadoras, dejando a los empleados y propietarios de las tiendas en un estado de shock. Jamal, uno de los encargados, expresó su desconsuelo: "Jamás visto. Todos hemos perdido el trabajo". La empresa de telefonía Free logró conseguir un carpintero para cubrir su vidriera con madera tras el paso de los vándalos, mientras que otras compañías como SFR y Bouygues también sufrieron saqueos.

Los supermercados de la zona se apresuran a reparar los daños en sus vidrios. El Monoprix, ubicado en la esquina del Faubourg St. Antoine, ha sido reforzado con madera para evitar ser uno de los 50 supermercados asaltados durante la noche. El banco Caisse d'Épargne tomó medidas similares, cubriendo sus cajeros automáticos y puertas en un intento de protegerse de futuros ataques. Sin embargo, las joyerías, tiendas de videojuegos, boutiques de ropa, zapatillas y artículos deportivos fueron completamente arrasadas, dejando un rastro de destrucción a su paso.

La tensión persiste en la ciudad, ya que se ha convocado una manifestación no autorizada para las dos de la tarde en la plaza de la República, un lugar que se ha convertido en símbolo de los desmanes de la jornada anterior. Los organizadores se autoconvocaron a través de las redes sociales, y la policía antidisturbios CRS 8 ya se encuentra en el área, preparándose para posibles altercados. La situación en París es crítica, con un saldo de 1.800 detenidos y 150 policías heridos, mientras que un fallecido ha sido reportado en el boulevard Magenta debido a un paro cardiorrespiratorio en medio del caos.

Un cielo gris cubre una ciudad devastada por los vándalos, con 1.500 negocios destruidos y saqueados, vehículos incendiados, boutiques asaltadas y locales informáticos arrasados. Algunos barrios han sufrido más que otros, siendo el X, el XI, el V, el VII, el VIII y el XVI los que han experimentado los daños y el pillaje que afectaron a lo que representaba su lujo. París se despierta atónita y desconcertada ante los destrozos ocasionados en la capital tras la oleada de violencia del 17 de octubre. Decenas de tiendas han sido saqueadas, dejando a los vecinos indignados y sin comprender el porqué de esta violencia.

En las calles, se pueden observar montones de cristales rotos, plástico derretido, marcos de vidrieras arrancados, ruedas de bicicleta calcinadas, barricadas y cientos de cajas vacías de videojuegos. Un dueño de un bar que logró sobrevivir a la destrucción llega con café y medialunas para quienes están limpiando, en un pequeño gesto de solidaridad y humanidad.

En el boulevard Voltaire de París, parece como si un tornado hubiera arrasado las vidrieras de todos los comercios que dan a la calle. Por allí pasaron las marchas no autorizadas. Entre los vecinos que apartan los escombros, una adolescente vestida de negro sortea con cuidado los restos de la batalla campal. Con una bolsa de basura en la mano, finge retirar trozos de adoquines, pero en realidad toma una caja de videojuego y, con rapidez, la esconde en su improvisada bolsa.

Sin embargo, los empleados de la tienda "Manga Story" se percatan de la maniobra y la interceptan de manera abrupta: "¿Qué llevas en la bolsa? ¡Déjalo ahí!". La joven, que no alcanza los quince años, no se amedrenta: "¿Por qué me agredís? ¡No me hables así!". Luego, como si fuera lo más natural del mundo, añade: "¿Qué van a hacer? De todas formas, ya está todo en el suelo, en la calle. Todo el mundo se ha llevado cosas, yo también tengo derecho".

El encargado interviene: "¿No crees que ya se llevaron todo ayer? ¡Vete a tu casa!". La chica se encoge de hombros con desdén y finalmente se marcha a toda prisa, con la bolsa cargada de lo que ha robado, mientras los empleados le gritan insultos. Es una escena surrealista, aunque no sorprende en absoluto a Denise, una mujer que ronda los cincuenta años. Anoche, esta vecina del barrio observó esa misma indiferencia mientras intentaba proteger los comercios: "Actúan con total descaro: roban y no entienden por qué está prohibido", comentó.

Esta mañana, con evidentes signos de cansancio en su rostro, una mujer y numerosos vecinos observaban, atónitos, los estragos ocasionados por la ola de violencia que sacudió el centro de París durante las manifestaciones "contra el alto costo de la vida" que tuvieron lugar el 17 de octubre.

El recorrido desde la plaza de la Bastilla hasta la plaza de la República, núcleo de las protestas, se presenta irreconocible. A lo largo del boulevard Haussmann, se pueden ver los mismos daños devastadores: paradas de autobús destruidas, automóviles incendiados y escombros y piedras esparcidas en la vereda. Las vidrieras destrozadas de numerosas tiendas saqueadas permiten vislumbrar un interior arrasado. Frente al McDonald's del boulevard, envases de salsas, vasos y sándwiches a medio comer cubren la acera, formando una alfombra de desechos. Las sillas fueron utilizadas en los fuegos como leña para mitigar los efectos de los gases lacrimógenos.

"Es una pesadilla absoluta; ¿qué les pasa a los franceses?", exclama un turista extranjero, sorprendido, mientras se desplaza en su bicicleta eléctrica. Miles de bicicletas fueron quemadas y sus baterías eléctricas explotaron. Denis, gerente de un bar, se encuentra limpiando con una manguera la vereda frente a su establecimiento, que, milagrosamente, ha escapado de los daños.

"Me quedé adentro y les gritaba para que no entraran. Creo que he tenido suerte. No eran manifestantes, sino vándalos. Era una selva", expresa indignado el hombre de unos sesenta años, y añade: "Entraban tranquilamente en las tiendas, lo destrozaban todo y se marchaban. No se veía ni rastro de la policía".

Jacques, de 76 años, quien también estuvo en la calle ayer por la tarde, comparte la misma opinión. Se había acercado para tomar fotografías de la manifestación con la intención de mostrárselas a su familia. "Los vidrios blindados son resistentes. Necesitaban al menos 15 minutos para reventar los comercios. No había ni un solo policía. La situación estuvo pésimamente gestionada", comenta este parisino que el sábado a primera hora de la tarde se encontraba en la plaza de la República para manifestarse "junto a los estudiantes de secundaria".

La Prefectura de Policía de París enfatiza la "movilidad" y la "adaptación constante" de los efectivos desplegados en el terreno, lo que "permitió contener la dinámica de los grupos violentos" y estabilizar la situación "a partir de las 23:00 horas".

En las inmediaciones de la plaza de la República, los daños son aún más notorios. La plaza está repleta de personas sorprendidas que han acudido a capturar imágenes de las pintadas, los quioscos incendiados, los vehículos destrozados y los muros despojados de ladrillos, que han sido utilizados como proyectiles. La escena es de total destrucción. El café ubicado en el centro de la plaza ha sido consumido por las llamas.

Los semáforos han dejado de funcionar, lo que genera colisiones entre los automovilistas. En la calle Beaurepaire, frente a un supermercado Franprix que fue incendiado y saqueado, Chloé, de 37 años, no puede contener las lágrimas. Esta parisina, que trabaja en la administración pública y que también tenía la intención de participar en la manifestación de ayer, expresa su tristeza por el hecho de que el evento fue aprovechado por miles de Black Blocs y vándalos. "Ni siquiera sabemos cómo terminó la marcha. Nadie habla de ello. Me entristece, porque quienes saquean y destrozan no son manifestantes. Pero, al final, son los comerciantes —que nada tienen que ver con la política del Gobierno— quienes pagan las consecuencias", lamenta.

La ola de violencia se ha extendido a otras regiones del país. En Limoges, la alcaldía centenaria fue incendiada y aún sigue ardiendo. En Marsella, la alcaldía también fue destruida, al igual que en Lille. El fenómeno de la violencia, los casseurs y los Black Blocs se ha propagado por toda Francia. El despertar de este día fue desolador, lleno de una inmensa tristeza.

Esta es la imagen de París tras las manifestaciones de los Chalecos Amarillos, quienes protestaban por el alto costo de la vida, y de los estudiantes que exigían una educación digna. En la jornada de hoy, se clama por la renuncia del ministro del Interior, Gérald Darmanin, y del primer ministro, Sébastien Lecornu. El presidente Emmanuel Macron se encontraba en Bruselas. Esta noche, a las 8, Macron se dirigirá al país: ha sido el gran ausente en medio de esta crisis.

"¿Quiénes fueron los responsables?", se pregunta la sociedad francesa. En un año electoral, las respuestas generan divisiones. La ultraizquierda culpa al Gobierno, mientras que el primer ministro Lecornu señala a la "ultra ultraizquierda europea". Los casseurs provenientes de los suburbios, sin duda, estuvieron presentes y saquearon negocios, supermercados y boutiques de ropa, deportes y telefonía celular.

¿Y si se tratara de una guerra híbrida? Algunos se preguntan si Moscú está utilizando esta situación, aprovechando la vulnerabilidad de una Francia que atraviesa una profunda crisis económica, social y política.

Los Black Blocs se enfrentaban a la policía en un contexto de tensión extrema, actuando como guerrilleros urbanos contra una fuerza policial que se encontraba exhausta y aterrorizada. Estos individuos, muchos de los cuales no hablaban francés, estaban entrenados militarmente y se presentaban vestidos completamente de negro, lo que les permitía desafiar sin restricciones a la policía antidisturbios, reconocida como una de las más severas de Europa.

Es importante señalar que un black bloc no se define como una organización estructurada ni como un grupo político con un líder o un organigrama, sino que representa una táctica de acción colectiva y un método de operación que se adopta durante las manifestaciones. Los participantes suelen vestir de negro y cubrirse el rostro con pasamontañas, gafas y bufandas, con el fin de evitar ser identificados por las fuerzas del orden y de generar una sensación de solidaridad en masa.

Esta modalidad de acción tiene sus orígenes a principios de la década de 1980 en Berlín Occidental, Alemania, donde militantes autónomos y ocupantes de inmuebles se unían para resistir desalojos y enfrentar la violencia policial. Con el tiempo, esta táctica se ha expandido a nivel internacional, especialmente durante las cumbres altermundialistas, como las de Seattle en 1999 y Génova.

El black bloc está principalmente asociado con el movimiento anarquista y la extrema izquierda radical. Sus defensores critican el capitalismo y el Estado, y a menudo consideran que las formas tradicionales de protesta pacífica son ineficaces. Este tipo de agrupación se forma de manera efímera dentro de una manifestación, enfocándose en la destrucción de bienes materiales que consideran simbólicos, tales como bancos, grandes cadenas comerciales y fachadas de instituciones, o en el enfrentamiento directo con las fuerzas del orden.

Las acciones de los Black Blocs han sido objeto de severas críticas por parte de las autoridades, los medios de comunicación y muchos manifestantes pacíficos, quienes argumentan que sus actos de violencia perjudican las reivindicaciones del movimiento social y facilitan la represión policial.

En medio de este contexto, los estudiantes de Francia y del mundo han comenzado a alzar sus voces en una rebelión. Sin embargo, esta vez no se trata de una revolución en el sentido tradicional, sino de una lucha contra la pauperización que los une. Existe un temor creciente de que la inteligencia artificial los excluya del mercado laboral, eliminando sus profesiones y condenándolos a recibir sueldos de miseria. A diferencia de las luchas de 1968, que se centraban en la búsqueda de libertad y alegría, esta nueva movilización se enfoca en la necesidad de evitar caer en la pobreza y desaparecer en medio de los avances tecnológicos.

La ola de protestas estudiantiles a nivel global se ve impulsada por una grave falta de financiamiento en los sistemas educativos de varios países, combinada con un aumento desmedido en el costo de vida y una profunda preocupación por la estabilidad económica en el contexto del capitalismo contemporáneo.

Francia fue el punto de partida de estas manifestaciones. Alrededor de ochocientas mil personas, en su mayoría estudiantes, padres, abuelos y docentes, se unieron para exigir mejoras en las condiciones educativas, denunciando la existencia de escuelas con infraestructuras deterioradas, la alta tasa de ausentismo docente, la falta de reemplazos, la ausencia de calefacción en invierno y refrigeración en verano, baños en mal estado, jornadas escolares excesivamente largas y una preparación inadecuada para los exámenes universitarios.

A esta movilización se unieron los integrantes del movimiento de los Chalecos Amarillos, quienes protestan contra el alto costo de vida y el precio del gasoil.

El movimiento estudiantil ha evolucionado y se ha expandido, convirtiéndose en una demanda juvenil más amplia que exige reformas profundas en el sistema. Las protestas han llegado a otros países como Bélgica, Italia, Lisboa y Canadá. En Albania, se han sumado a las manifestaciones en contra del movimiento Flamingo, que se opone a la compra de una isla albanesa por parte de la familia Trump para transformarla en un resort.

Además de las demandas educativas, la crisis del costo de vida y la falta de vivienda son factores cruciales que excluyen a muchos jóvenes del sistema educativo, debido a los exorbitantes precios de los alquileres y la escasez de alojamiento público para estudiantes en países como Francia y Grecia. Muchos no pueden permitirse alquilar un estudio ni compartir una vivienda.

En Italia y Bélgica, se han llevado a cabo ocupaciones de centros educativos y manifestaciones masivas en respuesta a los costos de la educación que resultan imposibles de afrontar, así como a la falta de apoyo financiero básico. Los Chalecos Amarillos también han participado en estas protestas, denunciando el alto costo de vida y el precio del gasoil, que les dificulta llegar a sus lugares de trabajo.

Fuente original: Clarín Mundo.

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