
Igual que el dictador Onganía, Milei profana el sable corvo del general San Martín
Polo Sur
Por decreto y sin consenso histórico ni cultural, el Gobierno nacional decidió retirar el sable corvo del General José de San Martín del Museo Histórico Nacional para devolverlo a la custodia del Regimiento de Granaderos a Caballo. El gesto, revestido de ceremonial patriótico, reactiva una vieja polémica y reabre una herida simbólica que remite a uno de los antecedentes más oscuros de la historia reciente: la decisión adoptada en 1965 por la dictadura de Juan Carlos Onganía, tras el robo de la pieza, de sustraerla del ámbito museológico y entregarla al ámbito militar.
La comparación no es antojadiza. El sable corvo no es un objeto decorativo ni un trofeo de ocasión: es un bien histórico con una voluntad de destino claramente establecida. San Martín lo legó a Juan Manuel de Rosas, y fue su hija, Manuelita Rosas, quien lo donó expresamente en 1897 al Museo Histórico Nacional para su exhibición pública. Esa voluntad fue respetada durante décadas y solo interrumpida por decisiones de facto o de fuerte impronta autoritaria.
La restitución del sable al museo en 2015 había reparado esa anomalía histórica. Allí no solo estaba correctamente conservado y contextualizado, sino también custodiado por granaderos, desarmando cualquier falso dilema entre preservación y respeto institucional. La decisión actual rompe ese equilibrio y reinstala una lógica de apropiación simbólica del pasado con fines políticos.


No es casual que el traslado vuelva a imponerse por decreto, sin debate público, sin consulta a especialistas ni consideración por el patrimonio cultural. Tampoco es menor que el acto sea encabezado por un presidente que ha hecho del desprecio por la historia, la cultura y las instituciones civiles una marca de gestión. El sable corvo, emblema de la independencia y de un proyecto de Nación soberana y latinoamericana, resulta incómodo para una narrativa que exalta el autoritarismo, banaliza la memoria y reduce los símbolos a utilería ideológica.
Al igual que Onganía, Milei no “protege” el sable: lo profana. Lo arranca de su contexto histórico y museológico para inscribirlo en un gesto de poder, subordinando el patrimonio común a una puesta en escena personalista. No se trata de una discusión menor ni protocolar. Está en juego el sentido de la historia, el respeto por la voluntad de quienes la protagonizaron y el lugar de los símbolos en una democracia.
San Martín luchó por la libertad, no por el culto vacío ni la apropiación del pasado. Cada vez que el sable corvo es desplazado por decisión autoritaria, se lo aleja un poco más del legado que representa. Y eso, en nombre de la República, debería preocuparnos a todos.



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