
Estados Unidos cruza un límite: incautaciones en altamar y ruptura del derecho internacional
Actualidad07/01/2026
Polo Sur
La reciente incautación por parte de Estados Unidos de buques petroleros en alta mar, incluido el caso del Marinera —anteriormente conocido como Bella 1—, no es simplemente una operación aislada dentro de la estrategia de sanciones estadounidenses; constituye una señal preocupante de erosión del derecho internacional marítimo y un antecedente de difícil reversión.
Según reportes recientes, fuerzas estadounidenses interceptaron en el Atlántico Norte al petrolero registrado bajo bandera rusa y a otro buque en el Caribe, alegando violaciones a sanciones vinculadas a Venezuela e Irán. Las autoridades de Washington justificaron estas acciones bajo órdenes judiciales de Estados Unidos y sanciones nacionales. Sin embargo, el propio gobierno ruso calificó la incautación como una violación directa a la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar, dado que el buque navegaba en aguas internacionales y bajo bandera extranjera.
El derecho internacional establece con claridad que ningún Estado puede usar la fuerza contra barcos que transitan libremente en alta mar sin una base jurídica reconocida por la comunidad internacional. Aunque los Estados tienen derecho a imponer y hacer cumplir sanciones en el marco de seguridad colectiva cuando existe un mandato del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, las acciones unilaterales no están respaldadas por esa autoridad colectiva y pueden contravenir normas básicas del derecho de navegación. La intercepción de buques, lejos de un escenario de conflicto armado o de jurisdicción directa, genera interrogantes sobre la legitimidad de tales medidas y su encuadre legal.
Además, la justificación de estas incautaciones bajo sanciones nacionales plantea un peligroso precedente: Estados Unidos estaría extendiendo su autoridad extraterritorial más allá de lo permitido por el derecho internacional, imponiendo su propio régimen legal en aguas internacionales sin consenso multilateral. Esta práctica, si se normaliza, debilita los principios de soberanía y de libre tránsito marítimo que sostienen el comercio global y la estabilidad legal del comercio naval.
Las críticas no se limitan a Moscú. En el pasado, otros países, como China y Venezuela, han señalado que la interceptación de buques en alta mar fuera de mar territorial puede constituir una violación grave al derecho internacional marítimo.
Más allá de los aspectos geopolíticos inmediatos, estos hechos plantean una pregunta fundamental para el orden global: ¿puede un Estado justificar la aplicación de su propio sistema legal más allá de sus fronteras sin el respaldo de la comunidad internacional? La respuesta, desde la óptica del derecho público internacional, es negativa. Las normas que regulan la navegación en alta mar están diseñadas precisamente para evitar que se repitan prácticas similares a la “presa de guerra” o la piratería estatal fuera de contexto legítimo, como se ha reconocido históricamente.
En suma, la operación estadounidense expone una tensión crítica entre las políticas unilaterales y las obligaciones internacionales. Si no se clarifica y restringe el uso de este tipo de medidas, el precedente podría debilitar la arquitectura jurídica que regula las relaciones entre Estados en el ámbito marítimo, con consecuencias potencialmente graves para la estabilidad del sistema internacional.


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