

Poco después de iniciar mi carrera como periodista en Buenos Aires, me vi inmersa en la compleja trama del narcotráfico en Latinoamérica. Desde 2008, cuando el escándalo del tráfico de efedrina salpicó a Argentina, hasta la publicación de varios libros que documentaron la violencia y el sufrimiento asociados a este fenómeno, mi trabajo se convirtió en un reflejo de la tragedia. Sin embargo, a medida que profundizaba en estas historias, el peso emocional de la violencia comenzó a abrumarme. La narcoliteratura, que en ocasiones despojaba a las verdaderas víctimas de su voz, me llevó a cuestionar el valor real de mis palabras y a rechazar nuevas oportunidades en este ámbito.
Con el inicio de la pandemia, el confinamiento me llevó a compartir mi pasión por la cocina con otros. Junto a una amiga, comenzamos a ofrecer platos tradicionales mexicanos, reviviendo recetas de mi madre y descubriendo la alegría que la comida podía brindar en tiempos difíciles. A medida que nuestros clientes disfrutaban de nuestras viandas, me di cuenta de que estaba creando un nuevo tipo de comunidad, una que se unía alrededor de la mesa, compartiendo no solo alimentos, sino también historias y experiencias.




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