«Disomnia»: el fin del mundo, otra vez

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    El fin del mundo. Otra vez. Eso es lo que viene a ofrecer Disomnia, tercera película del canadiense Mark Raso. Convertido en un género con reglas propias, que toma tanto de la ciencia ficción como del thriller, del cine catástrofe y muchas veces también del terror, las películas del Apocalipsis ya pueden ser vistas como un clásico, pero también como un lugar común. Y más allá de cuestiones estéticas o de puesta en escena, el principal elemento para lograr que una de ellas se destaque dentro de la multitudinaria oferta de catástrofes globales, es la originalidad para encontrar una nueva forma de ponerle fin a la humanidad. Sobran los zombies, las invasiones alienígenas, las epidemias, el cambio climático, los asteroides gigantes y siguen las firmas. Y en ese punto Raso consigue un punto de partida que ofrece una relativa novedad.

    Si bien Disomnia comienza como un drama social, tampoco se demora mucho en hacer que la realidad se desmorone. Jill es una joven viuda de origen latino, madre de un adolescente y una nena, quien trata de reinsertarse en la sociedad tras haber sufrido algún problema con el abuso de drogas. Un camino que recorre no sin dificultad, ya que ha perdido la tenencia de los chicos pero se esfuerza por sostener el vínculo con ellos. Pero tras pasarlos a buscar por la casa de su suegra, no recorren más que unas pocas cuadras en auto cuando quedan envueltos en un accidente masivo. El origen es un apagón global de todos los artefactos eléctricos, cuyo origen se desconoce. Sin embargo ese evento también afecta a la fisiología humana, haciendo que nadie pueda volver a conciliar el sueño. Solo dos personas en el mundo mantienen esa capacidad y una de ellas es Matilda, la hija de Jill.

    Lo interesante de la elección del problema es que le permite a Raso avanzar muy rápido en la degradación del mundo, ya que las disfunciones físicas y neurológicas derivadas de la falta de sueño provocan el desplome del organismo humano en muy poco tiempo. Por eso es urgente encontrar una cura y la respuesta puede estar en Matilda. Esa rapidez para alcanzar el colapso total es utilizada también cinematográfica y dramáticamente para generar situaciones de una irrealidad extrema sin perder el verosímil. Las mejores de ellas tienen lugar cuando Raso crea escenas surrealistas derivadas de la falta de sueño en individuos o comunidades, pero por desgracia son las menos.

    Por lo general, los escenarios no se alejan mucho de cualquier otra película de su clase y si bien son lógicos en el plano dramático, no hacen más que replicar lo que ya se ha visto (y mucho) desde Seres de las sombras (1964), primera adaptación de la novela Soy leyenda, de Richard Matheson. El golpe definitivo llega con el final, con la forma de presentar una posible solución del problema, que si bien aporta cierta originalidad, también se enreda en innecesarios símbolos religiosos.

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