De El juego del calamar al kimchi: por qué a los adolescentes les fascina la cultura coreana

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Cuando llegaba la hora del almuerzo en el colegio, en el barrio de Boedo, Pío Yoon sacaba su lunchera lo más sigilosamente posible. Apenas la destapaba, al menos cinco de sus compañeros se daban vuelta y preguntaban: “Uf, Pío, ¿qué trajiste?”. No fue fácil. “Tuve que sobrevivir en un mundo de sándwiches de milanesa”, lo resume. Pero ahora la historia es otra. No solo porque Pío se volvió el influencer del kimchi, la tradicional y aromática comida coreana, sino porque toda la cultura coreana vive su momento de mayor popularidad en la Argentina. El boom de series como El juego del calamar y películas como Parasite a la par del auge del K-pop y de la gastronomía de ese país son algunos de los indicios de que hay un fenómeno que atrae sobre todo a los más jóvenes. Y esa parece ser solo la puerta de entrada: los cursos de idioma coreano viven su mejor momento y hay quienes esperan hasta dos años y medio para conseguir una vacante. Chicos que no tienen en su familia ni en su entorno ningún representante de esa comunidad asiática se vuelven fanáticos de esta cultura oriental y se abocan a estudiar esa lengua, con el sueño pospandémico de viajar a conocer Corea del Sur.

“Todo esto era impensado hace apenas unos años. Hoy todos nuestros cursos, y en especial los de idioma coreano, tienen tanta demanda que tuvimos que eliminar la lista de espera; directamente es por sorteo, porque no es posible conseguir vacantes”, explica Gabriel Pressello, vocero del Centro Cultural Coreano, en Maipú 972. Allí se ofrecen cursos de cocina coreana, danza tradicional, K-pop, taekwondo e idioma, entre otros, y siempre la demanda está por encima de la oferta. También hay muestras de arte coreano, que atraen a una gran cantidad de interesados. Lo llamativo es que el público que se acerca o que se conecta –muchos de los cursos son virtuales, por la pandemia– son personas que no tienen un vínculo directo con la colectividad coreana, que en el país tiene unos 25.000 miembros.

“Tuve que esperar dos años y medio para poder empezar a estudiar coreano, porque nunca conseguía vacante”, cuenta Sofía Lima, de 22 años, que vive en Vicente López y que este año terminará el sexto nivel de ese idioma, que la habilita para rendir el examen internacional. “Cuando tenía 16, una amiga que era fanática de las series y del K-pop me dijo que si me gustaba bailar, tenía que ver los videos de BTS [una popular banda de pop], que iba a amar las coreos. Me pasó unos videos y me fascinó. Después quería aprender el idioma para entender las letras. Y así me fui metiendo con las series, las películas, la comida coreana, todo”, cuenta Sofía. Ella es estudiante de diseño gráfico y el año pasado ganó un concurso de afiches que organizó la embajada de Corea. “Mi sueño es viajar y conocer esos paisajes espectaculares que veo en las series. Estoy ahorrando para poder quedarme más de un mes y recorrer el país, que me parece fascinante”, dice.

No es la única ni es casualidad que miles de adolescentes argentinos estén abrazando la cultura coreana. Algo similar ocurre en otros países. “Esto es parte de una campaña de diplomacia cultural que impulsó Corea desde mediados de los 90 en todo el mundo y que en la Argentina tuvo su impacto en la última década”, explica Paula Iadevito, socióloga e investigadora del Instituto Gino Germani, especializada en cultura coreana y que llevó adelante una investigación sobre el auge del K-pop entre adolescentes porteños. “Es parte de una exitosa campaña del gobierno coreano para reposicionar el país tras la guerra, como una potencia económica capaz de insertarse en el mundo occidental, algo que se logró en pocos años”, suma. De hecho, a partir del 2000 casi la mitad de la comunidad coreana del país decidió volver a su tierra, atraídos por la pujanza económica de Corea del Sur. La campaña de promoción de la cultura llevó más tiempo, indica Iadevito, pero fue exitosa. Se le puso un nombre, Hallyu, que en chino significa “ola coreana”. Cuando el K-pop empezó a sumar adeptos en China como parte de esa campaña, fue bautizado de esa manera. Pronto el fanatismo se extendió a Estados Unidos y a distintos países, donde se sumaron las telenovelas coreanas, que en la Argentina no encontraron eco. En cambio, en nuestro país sorprendió el cine coreano, que se insertó en los segmentos de culto y atrajo al público local. Y a partir de 2012, también la pegadiza música pop de Corea cosechó miles de fanáticos y se volvió la puerta de entrada a otros elementos de la cultura de ese país, detalla Iadevito. Por eso, muchos empezaron a interiorizarse con la literatura, el idioma, las series, las películas, la cosmética coreana e incluso la gastronomía, que por estos días vive un verdadero boom en la Capital.

Hasta hace unos años, los restaurantes coreanos eran lugares a puertas cerradas que convocaban a la colectividad y eran atendidos por personas que quizá no hablaban castellano. En el último tiempo, la gastronomía coreana se volvió tendencia. Se abrieron locales en Palermo, Colegiales, Recoleta y Retiro. Y también el barrio coreano se trasladó del Bajo Flores a la zona de Flores y Caballito, periférica al polo textil de la avenida Avellaneda. En la calle Felipe Vallese y el pasaje Ruperto Godoy se está formando un polo gastronómico coreano, con distintas propuestas muy orientadas a los comensales argentinos, que están descubriendo cada vez más platos de esta cocina oriental.

El influencer del kimchi

Pío Yoon tiene 25 años y se define como emprendedor gastronómico, aunque en las redes se lo conoce como el influencer del kimchi, también conocido como “El gaucho oriental”, nombre que se ganó cuando se fue de mochilero con su guitarra, al terminar el secundario. Todos se asombraban de su acento porteño. Pío llegó a la Argentina con sus padres cuando tenía un año; se instalaron en el Bajo Flores, en una casa con toda su familia. Recién cuando fue al colegio, empezó a aprender castellano. Y fue él quien les enseñó a sus padres a hablarlo. A la hora del almuerzo, siempre su lunchera era la más llamativa: los aromas que salían, del kimchi y otros platos que le preparaba su madre, no lo dejaban pasar inadvertido. Siempre le gustó la cocina, y desde chico aprendió a preparar esas comidas. Por eso, cuando terminó de estudiar empezó a trabajar en la cocina de distintos restaurantes argentinos. Durante la pandemia, cuando todo estaba cerrado, con un grupo de amigos empezaron a enviarse comida a modo de intercambio. “Yo abrí mi heladera y lo que tenía era kimchi, porque lo comemos con todo”, dice. El kimchi es una técnica de fermentado de vegetales y de pescado muy tradicional de esta cultura. “Es como el dulce de leche para nosotros”, aclara. Por eso, armó frascos y se los mandó a sus amigos. Todos empezaron a pedirle más. Y en algún momento se hizo la cadena y gente que no conocía le empezó a encargar. “Cuando me di cuenta, ya no daba abasto con todo. Estaba produciendo 150 kilos de kimchi por semana. Me encargaban hasta los restaurantes. Sacaba más que con mi sueldo, entonces decidí lanzar el emprendimiento”, recuerda. Hoy, su marca Kimchusky es líder de este alimento coreano que se insertó en lo más top del circuito gastronómico.

“Todo esto era impensado hace unos años. Hoy todos lo quieren probar y se animan a otros platos. Ahora, los coreanos somos populares”, cuenta.

Ruth Saccon tiene 22 años y vive en Villa Elisa, en La Plata. Desde hace un año y medio, estudia coreano con un profesor particular. Fue durante la pandemia cuando se despertó su interés. Aunque antes ya había incursionado con el K-pop y las series coreanas, durante el aislamiento decidió invertir tiempo y esfuerzo. No solo se metió de lleno con el idioma, también se sumó a las clases de danza tradicional coreana. Todos los lunes se conecta dos horas por Zoom a la cursada. Tiene compañeros argentinos, de Ecuador y de México. “Ninguno es coreano”, señala. Se trata de una danza folclórica, que se baila con abanico y trajes típicos. “Me encanta. Aunque por ahora solo son clases virtuales, la idea es seguir más adelante con clases presenciales. “No es sencillo, pero fui aprendiendo y hasta me cambió el cuerpo”, cuenta. No es la única que se volvió fanática de Corea en su casa. También su madre, su prima y su tía se sumaron a las clases de coreano. Y ahora tienen un proyecto en común: viajar a Corea apenas puedan para conocer en 3D todo ese universo que hoy recorren de forma virtual.

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