Una experiencia claustrofóbica, asfixiante y aterradora

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El del uruguayo Fede Alvarez es el sueño del pibe. Tras un corto consagratorio que subió a YouTube (¡Ataque de pánico!), Sam Raimi le encargó dirigir Posesión infernal, remake de su clásico Evil Dead. Luego de ese éxito inicial pudo filmar un guión propio, aunque en condiciones bastante complicadas: un presupuesto de menos de 10 millones de dólares (un “vuelto” para los estándares de Hollywood) que lo obligó a rodar en Hungría para bajar costos y recibir beneficios adicionales. Desde su estreno en los Estados Unidos hace dos semanas, No respires se mantiene como la película más vista. Los dólares llueven y las propuestas también: mientras maneja varios proyectos para televisión, trabaja en Monsterapocalypse, la adaptación de un comic que estuvo por concretar Tim Burton. El montevideano es, sin dudas, “el” cineasta del momento.

No respires es una pequeña joya dentro de un año brillante para el género de terror. Hecha con mínimos recursos (no sólo económicos sino porque transcurre casi íntegramente en una sola locación), tiene un guión con los elementos justos (tensión, suspenso, sorpresas, vueltas de tuerca) que la puesta en escena de Alvarez sostiene y amplifica.

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Está claro que No respires no aspira a ser una película disruptiva o de quiebre, sino más bien una sólida incursión en el cine de género, un ejercicio de estilo, una carta de presentación (impecable) para un director y guionista extranjero y con escasa experiencia. El film retoma un tópico clásico dentro del terror (la irrupción de extraños en una casona), pero con algunos cambios significativos: no hay presencia sobrenatural ni diabólica y está contada desde el punto de vista de los “invasores”.

Alex (Dylan Minnette), Rocky (Jane Levy) y Money (Daniel Zovatto) conforman una banda de ladrones que busca sumar fondos para abandonar la decadente ciudad de Detroit. Tras varios golpes exitosos, eligen como siguiente objetivo la casa de un veterano de guerra (Stephen Lang) que ha quedado ciego y ha cobrado una indemnización millonaria. Además, el padre de Alex maneja la compañía de seguridad encargada de vigilar el lugar así que poseen las llaves y los códigos como para entrar y salir fácilmente. Pero, claro, no todo será tan sencillo. Más bien todo lo contrario…

No conviene adelantar nada de lo que ocurrirá en la casa. Sólo que Alvarez sabe construir los climas, elaborar los misterios, incorporar personajes (¡ese Rottweiler!) y dosificar las revelaciones que irán complicando la trama (y el destino de los protagonistas). En el terreno visual se destaca el aporte del director de fotografía -también uruguayo- Pedro Luque, mientras que el trabajo de los intérpretes (sin ser nada extraordinario) es funcional a lo que la narración requiere.

El resultado, por lo tanto, es decididamente eficaz: una experiencia claustrofóbica, asfixiante, aterradora, pero sin apelar al golpe bajo ni al efectismo. Una pequeña gran película que ubica a Alvarez como un digno heredero de los maestros del terror y, claro, con un enorme futuro en Hollywood.

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